

Mi poesía sólo consistirá en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura
Conde de Lautréamont

El epazote no solo existe
en las banquetas
-Manifiesto por el arte-
No respetamos ningun ISMO
No respetamos ningun genero literario
No respetamos los limites de los diversos generos del arte, no hay tal limite
No respetamos los derechos de Autor
No respetamos la autoria ni la inalienabilidad de la obra artistica
No respetamos a los individuos como autores con derecho a propiedad privada intelectual o artistica,
no hay tal derecho
No aceptamos la obra de arte intocable, ninguna obra es intocable
No condenamos las drogas, ni el alcohol, ni las alucinaciones.
Respetamos las decisiones de los individuos para suicidarse y de anunciarlo como les venga en gana
Respetamos la vida y la muerte
Respetamos el humanismo
Respetamos el derecho a la vida y a la muerte, son inalienables
Respetamos a los sujetos virtuales, imaginarios, invisibles, animos, extraterrestres
Respetamos todo exceso en pos del arte
Toda expresion artistica vive por si misma, tiene vida
Los limites de la creatividad son desconocidos, difusos, vagos, intensionales, borrosos,
maravillosos, catatonicos, deliciosos, explosivos
Toda obra de arte se modifica con el tiempo
La Poesia basura (o light) es arte efimero, existe un arte efimero
La Poesia Pobre no tiene autores, solo poemas, se gesta, pero no
unicamente, en el ciberespacio, en las lecturas de Poesia callejera,
en las aulas de Filosofia y Letras, en los Bares, en los cafes
culturales, en la radio, el periodico, las publicaciones
artisticas y literarias.
Liberemoslo todo, dejemoslo todo, trepanemos nuestras cabezas y re-escribamoslo todo nuevamente.
Generemos una nueva forma de arte, no solo literaria
El epazote no solo existe en las banquetas.
Edgar Altamirano,
Casa del Escritor, Puebla, Pue.
10 de octubre de 2004.
POESÍA DE MARIO SANTIAGO

M A F F I O S
Para Akira Kurosawa
He introducido mi vida
en la vulva radiante de la estupefacción
/Mi droga es respirar este aire caliente/
Traducir a la luna en mi piel
:hermanar mis heridas con su savia creciente:
A la orilla del fulgor del tren
Mi sueño es 1 viaje coital derramado
/ Mi escritura : mi cama/
Mi mujer : la Pasión
Entre espinas & flamas
Me despierta el milagro
de beber mi arrebol
Pues del trébol se trata
De la vena maciza del ornitorrico cantor
Del espejo pintado de sangre
De la danza jadeante
De vivir en sazón
/La chaquira del muerto la revende el adiós/
la barriada más lumpen es valeca del sol
Porque trago arcoíris
Porque cago relámpagos
Quizás vuelen mis ojos
Engarzados en viento
a este cristal revivido / que rompe su cárcel
: zopilote goteando calor :
MARIO SANTIAGO PAPASQUIARO
FEDERICO GARCIA LORCA
"POETA EN NUEVA YORK"

FEDERICO GARCIA LORCA
Con una cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Fuego de siempre dormía en los pedernales,
y los escarabajos borrachos de anís
olvidaban el musgo de las aldeas.
Aquel viejo cubierto de setas
iba al sitio donde lloraban los negros
mientras crujía la cuchara del rey
y llegaban los tanques de agua podrida.
Las rosas huían por los filos
de las últimas curvas del aire,
y en los montones de azafrán
los niños machacaban pequeñas ardillas
con un rubor de frenesí manchado.
Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rubor negro
para que el perfume de pulmón
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña.
Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente
a todos los amigos de la manzana y de la arena,
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude de la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.
¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje.
Tenía la noche una hendidura
y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre,
y los muchachos se desmayaban
en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata
junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazón
por las heladas montañas del oso.
Aquella noche el rey de Harlem,
con una durísima cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro,
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.
Negros, Negros, Negros, Negros.
La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de cáncer.
Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardos,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
rueden por las playas con los objetos abandonados.
Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos, néctares de subterráneos.
Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.
Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.
Hay que huir,
huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos,
porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas
para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química.
Es por el silencio sapientísimo
cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua
las heridas de los millonarios
buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre.
Un viento sur de madera, oblicuo en el negro fango,
escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros;
un viento sur que lleva
colmillos, girasoles, alfabetos
y una pila de Volta con avispas ahogadas.
El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monóculo,
el amor por un solo rostro invisible a flor de piedra.
Médulas y corolas componían sobre las nubes
un desierto de tallos sin una sola rosa.
A la izquierda, a la derecha, por el Sur y por el Norte,
se levanta el muro impasible
para el topo, la aguja del agua.
No busquéis, negros, su grieta
para hallar la máscara infinita.
Buscad el gran sol del centro
hechos una piña zumbadora.
El sol que se desliza por los bosques
seguro de no encontrar una ninfa,
el sol que destruye números y no ha cruzado nunca un sueño,
el tatuado sol que baja por el río
y muge seguido de caimanes.
Negros, Negros, Negros, Negros.
Jamás sierpe, ni cebra, ni mula
palidecieron al morir.
El leñador no sabe cuándo expiran
los clamorosos árboles que corta.
Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
a que cicutas y cardos y ortigas tumben postreras azoteas.
Entonces, negros, entonces, entonces,
podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas,
poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
y danzar al fin, sin duda, mientras las flores erizadas
asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.
¡Ay, Harlem, disfrazada!
¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!
Me llega tu rumor,
me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
a través de láminas grises,
donde flotan sus automóviles cubiertos de dientes,
a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,
a través de tu gran rey desesperado
cuyas barbas llegan al mar.
FEDRICO GARCIA LORCA

Grito hacia Roma
(Desde la torre del Chrysler Building)
Manzanas levemente heridas
por finos espadines de plata,
nubes rasgadas por una mano de coral
que lleva en el dorso una almendra de fuego,
peces de arsénico como tiburones,
tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud,
rosas que hieren
y agujas instaladas en los caños de la sangre,
mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos,
caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula
que unta de aceite las lenguas militares,
donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma
y escupe carbón machacado
rodeado de miles de campanilas.
Porque no hay quien reparta el pan y el vino,
ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,
ni quiern abra los linos del reposo,
ni quiern llore por las heridas de los elefantes.
No hay más que un millón de herreros
forjando cadenas para los niños que han de venir.
No hay más que un millón de carpinteros
que hacen ataúdes sin cruz.
No hay más que un gentío de lamentos
que se abren las ropas en espera de la bala.
El hombre que desprecia la paloma debía hablar,
debía gritar desnudo entre las columnas
y ponerse una inyección para adquirir la lepra
y llorar un llanto tan terrible
que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante.
Pero el hombre vestido de blanco
ignora el misterio de la espiga
ignora el gemido de la parturienta,
ignora que Cristo puede dar agua todavía,
ignora que la moneda quema el beso de prodigio
y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.
Los maestros enseñan a los niños
una luz maravillosa que viene del monte;
pero lo que llega es una reunión de cloacas
donde gritan las oscuras ninfas del cólera.
Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas,
pero debajo de las estatuas no hay amor,
no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo.
El amor está en las carnes desgarradas por la sed,
en la choza diminuta que lucha con la inundación.
El amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre,
en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas
y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas.
Pero el viejo de las manos traslúcidas
dirá: Amor, amor, amor,
aclamado por millones de moribundos.
Dirá: amor, amor, amor,
entre el tisú estremecido de ternura;
dirá: paz, paz, paz
entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita.
Dirá: amor, amor, amor,
hasta que se le pongan de plata los labios.
Mientras tanto, mientras tanto ¡ay! mientras tanto,
los negros que sacan las escupideras,
los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los directores,
las mujeres ahogadas en aceites minerales,
la muchedumbre de martillo, de violín o de nube,
ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro,
ha de gritar frente a las cúpulas,
ha de gritar loca de fuego,
ha de gritar loca de nieve,
ha de gritar con la cabeza llena de excremento,
ha de gritar como toas las noches juntas,
ha de gritar con voz tan desgarrada
hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y la música.
Porque queremos el pan nuestro de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada,
por que queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra
que da sus frutos para todos.
FEDERICO GARCIA LORCA
P O E S Í A
M A L D I T A

BAUDELAIRE
Las Flores del Mal.
I LA DESTRUCCION El demonio se agita a mi lado sin cesar; flota a mi alrededor cual aire impalpable; lo respiro, siento como quema mi pulmón y lo llena de un deseo eterno y culpable. A veces toma, conocedor de mi amor al arte, la forma de la más seductora mujer, y bajo especiales pretextos hipócritas acostumbra mi gusto a nefandos placeres. Así me conduce, lejos de la mirada de Dios, jadeante y destrozado de fatiga, al centro de las llanuras del hastío, profundas y desiertas, y lanza a mis ojos, llenos de confusión, sucias vestiduras, heridas abiertas, ¡y el aderezo sangriento de la destrucción! II UNA MARTIR Dibujo de un maestro desconocido En medio de frascos, telas sedosas, y muebles voluptuosos, de mármoles, pinturas, ropas perfumadas, que arrastran los pliegues suntuosos, en una alcoba tibia como en un invernadero, donde el aire es peligroso y fatal, dónde lánguidas flores en sus ataúdes de cristal exhalan su suspiro postrero, un cadáver sin cabeza derrama, como un río, en la almohada empapada, una sangre roja y viva, que la tela bebe con la misma avidez que un prado. Parecida a las tétricas visiones que engendra la oscuridad y que nos encadenan los ojos, la cabeza, con la masa de su crin sombreada, y de sus joyas preciosas, en la mesilla de noche, como una planta acuática, reposa, y, vacía de pensamientos, una mirada vaga y blanca como el crepúsculo escapa de sus ojos extraviados. En el lecho, el tronco desnudo, sin pudor, en el más completo abandono, muestra el secreto esplendor y la belleza fatal que la naturaleza le donó. Una media rosada, adornada con hilo de oro, en la pierna ha quedado cual recuerdo. La liga, al igual que un ojo secreto que llamea, lanza una mirada diamantina. El singular aspecto de esta soledad y de un gran retrato voluptuoso, de ojos provocativos como su actitud revela un amor tenebroso, una culpable alegría y fiestas extrañas, llenas de besos infernales, que regocijarán a los ángeles malos nadando entre cortinas y chales. Sin embargo, al ver la esbeltez elegante del hombro y su trazo quebrado, la cadera levemente afilada, y la cintura ágil lo mismo que un reptil irritado, se advierte que ella es joven aún. -Su alma exasperada y sus sentidos mordidos por el tedio, ¿se habían entregado a la jauría enfurecida de deseos errantes y perdidos? El hombre vengativo al que no pudiste, viviendo, a pesar de tanto amor, aplacar, ¿sació en tu carne, inerte y complaciente, toda la inmensidad de su deseo? ¡Responde, cádaver impuro! ¿Por tus rígidas trenzas te levantó con brazo febril? Dime, cabeza horrible, ¿en tus fríos dientes hay aún sus últimos adioses? -Lejos del mundo burlón, lejos de la multitud impura, lejos del magistrado curioso, duerme en paz, duerme en paz, extraña criatura, en tu sepulcro misterioso; tu esposo corre el mundo, y tu forma inmortal vela junto a él cuando duerme; lo mismo que tú sin duda te será fiel y constante hasta la muerte. III MUJERES CONDENADAS Como un rebaño pensativo sobre la arena acostadas, entornan los ojos hacia el horizonte marino, y sus pies que se buscan y sus manos enlazadas tienen dulces languideces, amargos escalofríos. Unas, corazones que aman las largas confidencias, en el corazón de los bosques y junto a los arroyos, deletrean el amor de las tímidas infancias y marcan en el tronco los jóvenes arbolillos; otras, como hermanas, andan lentas, graves, a través de las rocas llenas de apariciones, donde san Antonio vio surgir como lavas, desnudo el seno, a sus purpúreas tentaciones. Las hay que a la lumbre de resinas goteantes, en el hueco mudo de los viejos antros paganos, te llaman en socorro de sus fiebres aullantes, ¡oh Baco, adormecedor de viejos remordimientos! Y otras, cuya garganta gusta de escapularios, que, ocultando un látigo bajo sus largos vestidos, mezclan en la noche oscura y los bosques solitarios espuma del placer y lágrimas de la tortura. ¡Oh vírgenes, oh demonios, oh monstruos, oh mártires!, grandes espíritus negadores de la realidad, buscadores de lo infinito, devotos y sátiros, ora llenos de furor, ora llenos de llanto, vosotras, a las que en vuestro infierno mi alma os [ha seguido, pobres hermanas, os amo tanto como os compadezco por vuestras dolorosas tristezas, vuestra sed no saciada, y las urnas de amor que llenan vuestro corazón. IV LAS DOS BUENAS HERMANAS La Licencia y la Muerte son dos buenas muchachas, pródigas de sus besos y ricas en salud; su flanco siempre virgen y cubierto de hilachas, con la eterna labor jamás ha dado a luz. Al poeta siniestro, enemigo del hogar, favorito del infierno, cortesano sin más, tumbas y lupanares le muestran tras su vallado un lecho que el remordimiento no frecuenta jamás. Y el ataúd y la alcoba con grandes blasfemias nos ofrecen alternando como buenas hermanas terribles placeres y horribles deleites. ¿Cuándo quieres enterrarme, Vicio de brazos inmundos? Muerte, su rival en atractivos, ¿cuándo vendrás a plantar tus negros cipreses sobre sus mirtos fétidos? V LA FUENTE DE SANGRE A veces siento mi sangre correr en oleadas, lo mismo que una fuente de rítmicos sollozos; la oigo correr en largos murmullos, pero en vano me palpo para encontrar la herida. A través de la ciudad, como un campo cerrado, va transformando las piedras en islotes, saciando la sed de cada criatura, y coloreando en rojo toda la natura. A menudo he pedido a estos vinos aplacar por un solo día el terror que me roe; el vino torna el mirar más claro y el oído más fino. He buscado en el amor un sueño de olvido; pero el amor no es para mí sino un colchón de alfileres, hecho para dar de beber a esas crueles mujeres. VI ALEGORIA Es hermosa mujer, de buena figura, que arrastra en el vino su cabellera. Las garras del amor, los venenos del garito, todo resbala y se embota en su piel de granito. Se ríe de la Muerte y desprecia la Lujuria, y ambas, que todo inmolan a su ferocidad, han respetado siempre en su juego salvaje, de ese cuerpo firme y derecho la ruda majestad. Anda como una diosa y reposa como una sultana; tiene por el placer una fe mahometana, y en sus brazos abiertos que llenan sus senos atrae con la mirada a toda la raza humana. Ella cree, ella sabe, ¡doncella infecunda!, necesaria no obstante a la marcha del mundo, que la belleza del cuerpo es sublime don, que de toda infamia asegura el perdón. Ignora el infierno igual que el purgatorio, y cuando llegue la hora de entrar en la noche negra, mirará de la Muerte el rostro, como un recién nacido, sin odio ni remordimiento. VII LA BEATRIZ En terrenos de ceniza, calcinados, sin verdores, mientras me lamentaba un día a Naturaleza, y mi pensamiento vagaba al azar, sintiendo en mi corazón clavarse el puñal, vi, en pleno mediodía, descender sobre mi cabeza una oscura nube grande y tempestuosa, que llevaba un rebaño de viciosos demonios, parecidos a enanos crueles y curiosos. Pusiéronse a contemplarme fríamente y, como hablando de algún loco que pasa, les oía reír y murmurar entre sí, y cambiar más de un guiño y más de un ademán. «Contemplemos a gusto esta caricatura, esta sombra de Hamlet que imita su gesto, la mirada indecisa y los cabellos al viento, ¿no da pena ver a ese vividor, ese vago, ese histrión sin teatro, ese gracioso, que porque sabe representar con arte su papel, quiere interesar con sus cantos de dolor a las águilas, grillos, arroyos y flores, e incluso a nosotros, autores de estas viejas rimas, y recitarnos a gritos sus públicas parrafadas? » Hubiera podido (mi orgullo, alto como el monte, domina la nube y el clamor de los demonios) volver simplemente mi cabeza serena, si no hubiese entre su tropa obscena, ¡crimen que no hizo tambalear al sol!, la reina de mi corazón, de mirada sin igual, que se reía con ellos de mi sombría tristeza y les hacía, a veces, alguna sucia caricia. VIII UN VIAJE A CYTEREA Mi corazón, como un pájaro, revoloteaba feliz, y volaba libremente alrededor de las cuerdas; el navío corría bajo un cielo sin nubes, como ángel embriagado de un sol radiante. ¿Qué isla es ésta tan negra y triste?- Es Cyterea, nos dicen, un país famoso en las canciones, Eldorado trivial de todos los solterones. Mirad, después de todo es una pobre tierra. -¡Isla de dulces secretos y de fiestas del corazón! De la antigua Venus el soberbio fantasma, más allá de tus mares flota como un aroma, y llena los espíritus de amor y languidez. Bella isla de verdes mirtos, llena de capullos en flor, siempre venerada por todas las naciones, donde los suspiros de amantes corazones avanzan como el incienso por jardines de rosas o el eterno arrullo de la paloma torcaz. -Cyterea no era más que una tierra pobre, un desierto rocoso turbado por gritos feroces. ¡Sin embargo, presentía yo allí algo singular! Aquello no era un templo de sombras selváticas, donde la joven sacerdotisa, eterna enamorada de las flores, iba, el cuerpo ardiente por calores secretos, entreabriendo sus ropas a las brisas ligeras; pero, he aquí que rozando la costa el bauprés, al asustar los pajáros con nuestras velas blancas, pudimos ver que era un patíbulo de tres zancas, destacado en el cielo, negro como un ciprés. Las aves rapaces, posadas en su cumbre, destrozaban con furia a un ahorcado ya podrido: cada una hundía, como un clavo, su impuro pico en los rincones sangrientos de aquella podredumbre. Eran los ojos agujeros, y del vientre desfondado los gruesos intestinos caían sobre los muslos; y sus verdugos, ahítos de espantosas delicias, a picotazos lo habían castrado por completo. Bajo los pies, una manada de celosos cuadrúpedos levantado el hocico, merodeaba; una bestia más grande se agitaba en el centro, como un verdugo rodeado de auxiliares. ¡Oh habitante de Cyterea, de un cielo tan hermoso, silenciosamente sufrías estos insultos en una expiación de tus infames cultos, y los pecados que te impidieron el descanso eterno! ¡Ridículo ahorcado, tus dolores son los míos! Yo sentí, a la vista de tus miembros flotantes, como un vómito subir hasta mis dientes el largo río de hiel de mis antiguos dolores. Ante ti, pobre diablo, tan caro de recordar, sentí todos los picos y todos los mordiscos de los cuervos fieros y de las panteras negras, que antaño tanto gozaban en machacar mi carne. El cielo estaba embrujado, la mar en calma; para mí todo era negro y sangriento para siempre, ¡ay!, y tenía, como en un espeso sudario, el corazón amortajado en esta alegoría. En tu isla, oh Venus, no encontré en mi viaje más que un patíbulo simbólico donde colgaba mi imagen... -¡Oh Señor! Dame la fuerza y el coraje ¡de contemplar mi cuerpo y mi alma sin asco! IX EL AMOR Y EL CRANEO Viñeta antigua El amor está sentado en el cráneo de la Humanidad, y desde este trono, el profano de risa desvergonzada, sopla alegremente redondas pompas que suben en el aire, como para alcanzar los mundos en el corazón del éter. El globo luminoso y frágil toma un gran impulso, estalla y exhala su alma delicada, como un sueño de oro. Y oigo el cráneo a cada burbuja rogar y gemir: -Este juego feroz y ridículo, ¿cuándo acabará? Pues lo que tu boca cruel esparce en el aire, monstruo asesino, es mi cerebro, ¡mi sangre y mi carne! CHARLES BAUDELAIRE
MÁS DE LOS POETAS MALDITOS

ARTHUR RIMBAUD
EL BARCO EBRIO |
Mientras descendía por Ríos impasibles,
sentí que los sirgadores ya no me guiaban:
Pieles-Rojas chillones los habían tomado por diana
tras clavarlos desnudos en postes de colores.
Ya no me preocupaba tripulación alguna,
portadora de trigo o de algodón inglés.
Cuando aquel jaleo acabó con mis sirgadores,
los Ríos me permitieron descender donde yo quería.
En los chapoteos furiosos de las mareas,
yo, el invierno pasado, más sordo que el cerebro de un niño,
¡corrí! Y las penínsulas desamarradas
jamás experimentaron guirigáis más triunfantes.
La tempestad bendijo mis desvelos marítimos.
Más ligero que un corcho, bailé sobre las olas
que llaman arrolladoras eternas de víctimas,
durante diez noches, ¡sin añorar el ojo necio de los fanales!
Más dulce que, para los niños, la pulpa de las manzanas acedas,
el agua verde penetró mi casco de abeto
y me lavó las manchas de los vinos azules
y de los vómitos, dispersando áncora y timón.
Y desde entonces me sumergí en el Poema
de la Mar, infundido por astros, y lactescente,
devorando lo azures verdes; donde, como flotación pálida
y arrebatada, un ahogado pensativo a veces desciende;
donde, tiñendo de pronto las azuldades, delirios
y ritmos lentos bajo las rutilaciones del día,
¡más fuertes que el alcohol, más vastos que nuestras liras,
fermentan los rubros amargos del amor!
Yo conozco los cielos que estallan en relámpagos, y las trombas
y las resacas, y las corrientes; conozco el atardecer,
el Alba exaltada igual que una multitud de palomas,
¡y he visto algunas veces lo que el hombre creyó ver!
¡He visto el sol poniente manchado de horrores místicos,
iluminando los largos coágulos violetas,
y, semejantes a esos actores de antiguos dramas,
las olas rodando a lo lejos su batir de postigos!
¡Soñé la verde noche de nieves deslumbrantes,
beso lento que ascendía a los ojos de los mares,
la circulación de las savias inauditas
y el despertar azul y gualda de los fósforos cantores!
¡Seguí, durante meses enteros, igual que vacadas
histéricas, el oleaje al asalto de los arrecifes,
sin pensar que los pies luminosos de las Marías
pudiesen forzar el hocico de los Océanos asmáticos!
¡Sabed que embestí increíbles Floridas,
mezclando a las flores ojos de panteras con pieles
de hombres, arcos iris extendidos como bridas
bajo el horizonte de los mares, con glaucos tropeles!
¡He visto fermentar las enormes marismas, nasas
en cuyos juncos se pudre un Leviatán!
¡Hundimientos de aguas en medio de las bonanzas,
y las lejanías catarateando hacia los remolinos!
¡Glaciares, soles de plata, olas de nácar, cielos de brasas!
¡Horribles varaderos en el fondo de los golfos oscuros
donde las serpientes gigantes devoradas por las chinches
caen, de los árboles retorcidos, con negros perfumes!
Me hubiese gustado mostrar a los niños esos dorados
del azul oleaje, esos peces de oro, esos peces cantarines.
Espumas de flores me acunaron al abandonar la rada
e inefables vientos me han alado por instantes.
A veces, mártir cansado de polos y de zonas,
la mar cuyo sollozo atenuaba mi balanceo
subía hacia mí sus flores de sombra con ventosas amarillas
y yo permanecía igual que una mujer arrodillada...
Casi isla, balanceando en la borda las querellas
y los excrementos de los pájaros chillones de ojos rubios,
¡bogaba, mientras por mis frágiles ataduras
bajaban a dormir los ahogados, reculando!
Yo, barco perdido bajo el cabello de las ensenadas,
arrojado por el huracán al éter sin un pájaro,
yo, cuyo armazón ebrio de agua no hubieran rescatado
ni los monitores ni los veleros de las Hansas;
libre, humeando, provisto de brumas violetas,
yo que perforaba el cielo enrojecido como si fuese un muro,
que llevo confitura exquisita para los buenos poetas,
líquenes de sol y mocos de azur;
Yo que corría manchado de lúnulas eléctricas,
yo, tabla loca, escoltado por negros hipocampos,
cuando los meses de julio hundían a garrotazos
los cielos ultramarinos en los ardientes embudos;
Yo que temblaba oyendo gemir a cincuenta leguas
el celo de los Behemots y los Maelstroms espesos,
hilador eterno de las azules inmovilidades,
¡añoro la Europa de los viejos parapetos!
¡He visto archipiélagos siderales e islas
cuyos cielos delirantes están abiertos al viajero!
¿Es en estas noches sin fondo donde duermes y te exilias,
oh millón de pájaros de oro, oh futuro vigor?
¡Pero, en verdad, lloré demasiado! Las Albas son desoladoras.
Toda luna es atroz y todo sol amargo:
el acre amor me llenó los torpores embriagantes.
¡Oh, que mi quilla estalle! ¡Que me hunda en el mar!
Si algún agua deseo de Europa es la charca
negra y fría donde, hacia el crepúsculo embalsamado,
un niño, en cuclillas, lleno de tristezas, suelta
un barco frágil como una mariposa de mayo.
Ya no puedo, ¡ay olas!, bañado como estoy por vuestra languidez,
seguir la estela de los cargueros de algodón
ni atravesar el orgullo de las banderas y los gallardetes
ni remar bajo los ojos horribles de los pontones.

EN MÉXICO LA REVOLUCION MEXICANA
PARIÓ
LA POESÍA ESTRIDENTISTA
LA REVUELTA DEL 68
LA LUCHA SOCIAL
Y
ARMADA
DIERON VIDA
AL
INFRARREALISMO
LA COMUNA DE PARÍS
VOMITO LA LUZ
DE
LA POESÍA MALDITA